martes, 22 de abril de 2008

Vademécum de lo que perdí



Ahora la casa parece una oficina. Los papeles, ya no de fumar veniales risas interminables, o escayolan el piso mal gastado o repletan cubos de basura. Me devoro libros por matar las tardes llenas de humo, que desarme. No hay cafés de desayuno, fiesta en la cocina ni mucho menos guerras frías con amnistías implícitas. Hay tres cajas desoladas, bisuterías solitarias en las galuchas donde fueron condenados los libros inconclusos, dos pies huérfanos al interior de una antología de sabanas frías que evocan un solo de pijamas con sordina. No hay miércoles con ropa de domingo y sobran jueves grisáceos sin dulcinea y me invaden los enanos que se impostan en molinos. Los quicios, tus casillas, permanecen intactos, ilesos, como la sístole sin su correspondiente diástole. Mi boca ya no habla con tus codos, los teléfonos hablan con los ojos, los dedos se quedaron sin palabras. Las noches se hacen tarde más temprano y, como va esto, se enfermaran de otoño los inviernos y los virus se harán pasar por viruelas. Adopté, como pasatiempos, el vicio de almacenar sustancias inflamables, cultivar el silencio y el ruido, coleccionar botas de piratas y espadas de madera; y, como buen tahúr, apostar doble o nada en el cara o sello que tu mirada extraviada me provoca. El futuro, sin ninguna escoba que vender aún, se convirtió en pretérito imperfecto y el pasado en nostalgia del presente.
Para Moes

1 comentario:

Patricio dijo...

Que bien que escribes tio chico, se oye algo de sabina en este texto, pero afortunadamente no es una mala copia. Son palabras que hablan a la mente y al corazon, al mismo tiempo. Las mias como tu veras tienen como unica virtud la sinceridad.