martes, 8 de julio de 2008

Clase Media Chilena


Leí los datos preliminares de un estudio realizado por el Instituto de Sociología de la Universidad de Chile el cual intenta caracterizar a la “clase media” chilena. Que tipología más insípida y heterogénea. Los datos estadísticos nos dicen que es el 45% de la población total del país y, dentro de este porcentaje lo que destaca es que un 47% tiene deudas en mora y un 44% tiene auto, Chevrolet o Toyota de preferencia. Otro punto destacable es que la cantidad de años de educación de esta clase es de 17, es decir, tiene el rango de profesional o, a lo menos, técnico. Ha poblado ciertos sectores de la capital, especialmente las comunas del centro y las comunes satélites de los sectores más periféricos tanto del oriente como del poniente capitalino. Esta “clase” más que por donde se mueva o lo que consuma, lo que la define es lo que hace posible que se mueva por donde se mueve o que consuma lo que consume, es decir, su sueldo. El sueldo de la clase media va desde los $450 mil y $1 millón 800 mil al mes (¡y están endeudados!). Estos datos importan, sin duda, pero más que lo que gana, las cosas que compran o cuanto se endeudan es importante destacar el carácter que tiene esta “clase”, carácter que los datos estadísticos no muestran o, mejor dicho, se esfuerzan por ocultar.

La clase media en Chile nace a comienzos del siglo XX, cuando el Estado tenía un carácter de benefactor, una parte del dinero de éste iba a dar a los obreros y funcionarios del mismo. Es decir, la clase media era aquella que se enrolaba en la burocracia Estatal, ese grupo que se veía directamente beneficiado por la administración Estatal y sus recursos. En este primer momento destacaba la homogeneidad de este grupo social dependiente de la estructura político-social o, como lo diría don Carlos, de su posición en la división social del trabajo. A fines de los 70 y principios de los 80 el rol subsidiario del Estado desapareció, la revolución neo-liberal implantada por las armas de los militares y las ideas estadounidenses comenzaba a surtir efecto. La “clase media” comienza a quedar huérfana, el mercado desplaza al Estado, y esta clase no tuvo otra salida que enrolarse al consumo para poder mantener y aumentar su capital simbólico (o económico, puesto que entre estas dos concepciones se da una relación dialéctica económico-simbólico).

Lo realmente destacable es este carácter de la clase media, su constante enrolamiento a las filas de la institución que le entregue estabilidad, que le entregue capital simbólico, sea el Estado, como en un primer momento, o el mercado, como en la actualidad. Este carácter contractual de la clase media es lo que la priva de toda posibilidad de politicidad en tanto relaciones de poder, es decir, una zona de anomia radical, constante lucha donde las distinciones estables de la sociedad se disloquen y se institucionalicen continuamente nuevos tipos de innumerables distinciones inestables, que permitan la heterogeneidad cultural necesaria para evitar el pensamiento uniforme. La clase media ha necesitado siempre de un poder disciplinario que la domine, no puede no necesitarlo puesto que ha nacido de este poder, está atravesada por él y lo sufre constantemente. Su politicidad no pasa más allá de ser un sujeto político administrado –población-, un conjunto de individuos estadísticamente cuantificable y no una categoría jurídico-política litigante necesaria para el correcto funcionamiento social. Esta es una bomba de tiempo. Los 17 años de educación (¡estamos hablando de técnicos y profesionales!) no han servido para nada más que reproducir la dominación de manera incuestionable.