jueves, 4 de diciembre de 2008

Café & Cigarrillos


¿La cuenta señor? –me preguntó-

El negro café me impregnaba de su amargura. El parque, los autos, la gente que camina sin detenerse, el cigarrillo que, igualmente, se consume en el cenicero plateado, la iglesia, esas campanas que no han parado de sonar en estos últimos dos segundos, eternos y confinados segundos que no se repetirán, que no son ni serán.

¿Por qué no termina de amanecer de una vez?, el frío me duele y siempre me ha dolido y sin embargo me gusta mucho más que el calor –porque el calor arde-. Tomarse un café con esos malditos 12 grados y una sensación térmica de menos 1000 es impagable, la llovizna que acosa a los caminantes que se mueven al rimo del talán de las campanas y esa maldita-bendita combinación de café y cigarrillos que te amarga el alma a cada sorbo y te mortifica a cada bocanada, que me devuelve la vida mal acompañándome en cada amanecer.

Por favor –le contesté-