miércoles, 26 de marzo de 2008

A Javier


La última vez que te vi fue después que tu grito atravesó la calle Libertad e hizo recordar, al entrar por mi oído, tiempos ya muy pasados. Estabas al frente, terminabas de trabajar e ibas a tu casa, que aún queda a dos sitios de la mía, a almorzar para después salir rápidamente a estudiar. Fue en Octubre pasado, no recuerdo quien cruzó la calle pero si recuerdo el resentimiento que cargabas para con la vida que te tocó, resentimiento que se transformaba en frases que salían quemando de la mueca que llevabas por boca. Tu estado era tan frágil y terrible como tu vida, las palabras se atropellaban antes de salir. Me hablaste de la disfuncionalidad de tu familia, de la violencia siempre presente de ese “hijo de puta” que tuviste como padre, de la cobardía de tu madre heredada por tus hermanas. De que no tenías ni un morlaco, que tu vida se había tornado una rutinaria búsqueda de sustento que, paradójicamente, para lo único que servía era para olvidarte de la misma. Ya no te inyectabas y estabas tratando de superar el alcoholismo, querías escapar. Huir de lo que te amarraba, de esa casa, que nunca fue un hogar, en la cual el ruido no dejaba escuchar tus gritos, de tus amigos ausentes, del egoísmo sofocante, de este modo de llevar la vida que roza lo inhumano.


Ya lo hiciste, tomaste la decisión más compleja y radical que cualquier sujeto puede tomar, esa que tiene que ver con el parar de vivir. Creo, de igual forma, que cada uno de nosotros te ayudó a tomarla, sin saberlo te apoyamos, desde hace ya varios años que caminábamos al lado tuyo, sin que tu lo notaras ni menos nosotros, en dirección a ese bendito-maldito tren para, con nuestra ausencia, despedirte. Esa maquina, no me cabe duda, fue tu huida, tu fuga, tu odio, tu ira… Tu Libertad.

miércoles, 19 de marzo de 2008

El giro cultural (Parte 3)


Ésta es la última de la serie de tres publicaciones destinadas a echar un vistazo a la construcción de los movimientos sociales en América Latina. Esta monografía la armé en el mes de Octubre del año que recién pasó y contiene una bibliografía actualizada acerca del tema. Me decidí publicarla en el blog básicamente por dos razones, primero porque encuentro que entrega una visión global de un tema muy necesario para comprender actuales procesos sociales que sacuden nuestra América y, segundo, porque mi vida se ha convulsionado un poco al pasar de las “vacaciones-trabajos” a el inicio de las clases en la universidad. Lo segundo claramente me ha dejado con pocas fuerzas para la iluminación que tanto necesito para escribir cosas nuevas, pero ya saldrán.

La teoría de los nuevos movimientos sociales

La relación autoritaria del Estado para con la sociedad civil trajo como consecuencias[1] la perdida de significación de la “conciencia democrática”, aumento de la inseguridad individual, angustia social, imposición arbitraria de pautas y limitación en los medios de comunicación. “La referencia al Estado y los vínculos con la política cambian dramáticamente para los actores sociales particulares, llegando a ser más autónomos, más simbólicos y más orientados hacia la identidad y autoreferencia que a lo instrumental o reivindicativo”[2]. Es debido a este quebrantamiento de lo social es que los movimientos se reorientan en distintas esferas de lo social, la lucha apuntaría ahora más hacia lo cultural y social en vez que a lo económico o político, el concepto de totalidad se ve fragmentado.

Como se ha dicho en la primera mitad del siglo XX, en la sociedad moderna o industrial, las Ciencias Sociales estaban preocupadas de la estructura social, la totalidad, y por lo tanto su objeto de estudio y preocupación era el cambio de esta totalidad. Surge luego la sociedad postmoderna o postindustrial la cual ya no se organiza en términos tradicionales, sino que ahora las grandes estructuras sociales no existirían, es el fin de las clases y, por consecuencia, el sujeto social es distinto y funciona de acuerdo a problemáticas acotadas y pequeñas. Ahora las demandas no estarían centradas en los intereses políticos-económicos sino que, mas bien, se lucharía por la identidad.

Según Garretón[3] tanto la Globalización como el Cambio de Matriz Sociopolítica en América Latina han contribuido a la transformación del sujeto social. En primer lugar, la Globalización en cuanto a su influencia económica, por vía de los mercados, como comunicacional, por via de los medios de comunicación, información, redes virtuales y reales, e informática; que atraviesa al cuerpo social ha traído como consecuencias la desarticulación de los actores clásicos de la sociedad industrial, el surgimiento de identidades que su adscripción se basa en el sexo, la edad, la religión, la etnia; otra consecuencia es el vinculo pasivo y mediático entre las masas y la globalización, el surgimiento de los movimientos antiglobalización. El nuevo “tipo societal” tendría como ejes el consumo, la información y la comunicación y estos nuevos tipos de actores sociales serían: los públicos, las ONG’s, actores identitarios y los poderes fácticos, estos últimos pueden ser extrainstitucionales, como por ejemplo los grupos económicos, o institucionales, como por ejemplo los poderes políticos.

Con respecto al Cambio en la Matriz Sociopolítica, esta tiene que ver con la ruptura y desarticulación de la matriz clásica o nacional-popular planteada en lo que va del desarrollo del presente trabajo, existe un vacío dejado por la antigua matriz desarticulada por los autoritarismos militares en el cual se instalan diferentes sustitutos que impiden el fortalecimiento, la autonomía y el complemento entre los componentes de la matriz, es decir, entre el Estado y los diferentes actores sociales. Existen tres grandes tendencias que buscan instalarse en este vacío, en primer lugar está el neoliberalismo, el cual niega la política a partir de la modernización expresada en una política instrumental que sustituye la acción colectiva por la “razón tecnocrática” y rige la lógica del mercado, por otro lado y opuesto a la primera aparece la sociedad civil que impone, también, una visión crítica del Estado y la política a través de los principios identitarios y comunitarios; en tercer lugar, y entre estas dos tendencias contradictorias, se encuentra la visión más institucionalita del refuerzo del papel del Estado y la democracia representativa, la cual intenta evitar la destrucción de la sociedad a manos del mercado, los poderes fácticos o el individualismo de las reivindicaciones identitarias y corporativistas.

Se puede apreciar que existe una evolución histórica y, por lo tanto, también de las teorías de los nuevos movimientos sociales. Estas nuevas teorías cuestionan la rigidez de las teorías anteriores respecto a la concepción de los movimientos colectivos y su cuerpo común es la insistencia en la acción simbólica, en lo cultural e identitario. Se le entrega mucha importancia a la autonomía y a la autodeterminación de los sujetos, más que a la disputa por el poder. Existe una creciente centralidad de los valores postmodernos, en lugar de conflictos de clases surgen luchas más subjetivas las cuales tienen que ver con la etnia o el género, por ejemplo; existe una lucha por recursos simbólicos. Se problemática la fragilidad de las identidades, se piensa en identidades volátiles en lugar de grupos de conflictos con identidades duras y firmemente constituidas, existe una identidad en construcción. La ideologías o las demandas de los movimientos sociales se construyen socialmente de manera permanente y, por lo tanto, no estarían constituidas según la posición estructural de los sujetos, sino que, más bien, están construidas en procesos históricos. En lugar de mirar a los movimientos sociales como organizaciones rígidamente constituidas, auto referidas (como puede ser un sindicato), ahora son asumidas en forma de redes, es decir, una organización flexible y no articulada. En resumen, existe un cuerpo teórico con elementos comunes que se diferencian de las “viejas” teorías y que su objetivo es valorizar el papel de lo identitario y cultural.

Surgen, entonces, nuevos ejes, ahora de sentido, que orientan la acción colectiva de los sujetos. En primer lugar está la democratización política los cuales surgen desde los propios autoritarismos “el primero corresponde a las fundaciones democráticas, es decir, la creación de un régimen democrático en países donde nunca existió antes [...]. El segundo correponde a las transiciones, el paso a regímenes democráticos desde regímenes de dictadura [...]. El tercero corresponde a las reformas, es decir, procesos de extensión de instituciones democráticas desde el poder mismo”[4]. En segundo lugar está la Democratización Social concepto que es tomado bajo dos significados, en primer lugar como la redefinición de la ciudadanía la cual es entendida como “el lugar del reconocimiento y la reivindicación de un sujeto de derecho frente a un determinado poder”[5], poder que normalmente es el Estado pero también pueden ser los medios de comunicación o el medio ambiente. El segundo significado es la superación de la pobreza y la exclusión, es decir, ya no hay una lucha por cambiar la estructura sino que por integrarse a ella y ser valorado dentro de esta. El tercer eje es la reconstrucción de la economía nacional y su reinserción, este tiene que ver con la transformación de la matriz del estado como agente de desarrollo y que impulsaba un “desarrollo hacia adentro y la reinserción de la economía nacional en el proceso de globalización de la economía mundial”[6]. Y el cuarto eje es la reformulación de la modernidad a partir de la postmodernidad, es decir la desaparición de los meta-relatos donde existía una estructura que provocaba desigualdad, posición y lucha de clases, donde la sociedad se constituía por sujetos individuales y colectivos.

¿Está desestructurado lo Nacional-Popular?

En América Latina, actualmente, el proceso de El Evismo[7] en Bolivia puede relacionarse con como opera lo nacional-popular. Según Álvaro García L., el evismo es una estrategia de lucha por el poder la cual tiene tres etapas: 1987-1995 resistencia, 1995-2001 alianzas y 2001-2006 consolidación del poder. Esta estrategia está centrada en los movimientos sociales lo cual marcaría “una ruptura con las estrategias previas observables en la historia política continental y mundial”[8] ya que no pretende la representación política a través de la delegación de poderes sino que es “una proyección que busca de manera casi absoluta la auto-representación de los propios movimientos sociales”[9].

El evismo abarca el proceso político desde el movimiento social indígena, y es a partir de esta identidad acotada que se genera una identidad nacional. Lo que permite que se generalice esta identidad indígena es que es ante todo cultural y de carácter flexible, lo cual permite ir sumando segmentos y sectores más amplios se unan al proyecto. La propuesta indígena es “un nuevo modelo de nacionalismo expansivo, una nación multicultural que resalta la unidad en la diversidad”[10].

Para que un proyecto popular se vuelva nacional lo que realiza el evismo es una rebelión de un modo inclusivo, es decir, “incorpora la gran producción extranjera, tratando de dialogar con el mundo globalizado, pero girando todo en torno al núcleo indígena en términos políticos y a la pequeña producción familiar y comunal en términos económicos”[11]. La composición ideológica de este movimiento tiene la virtud de hacer dialogar el indianismo, lo nacional-popular, el sindicalismo y el marxismo; y poder, a partir de esto dominar el Estado y emprender la construcción de un modelo postneoliberal.

[1] Op. Cit. p. 78.
[2] Op. Cit. p. 11.
[3] Op. Cit. pp. 11-14.
[4] Op. Cit. pp. 14-15.
[5] Op. Cit. p. 16.
[6] Op. Cit pp. 17-18.
[7] García, A. El evismo: lo nacional-popular en acción.
[8] Op. Cit. p.26.
[9] Op. Cit. p.26.
[10] Op. Cit. p. 28.
[11] Op. Cit. p. 28.

sábado, 15 de marzo de 2008

El proceso político en América Latina (Parte 2)

El siguiente posteo es el segundo de un total de tres monografías que se refieren a los procesos sociales de América Latina. Creo que tener claros estos eventos nos permite ver la actualidad con una perspectiva mucho más amplia y así poder entender las múltiples paradojas que se dan en nuestra, no tan Latina a ratos, América. Esta segunda parte es la más extensa de las tres, pero vale la pena “gastar” el tiempo en digerirla ya que permitirá lograr una comprensión mucho más acabada de la tercera y última parte.

Lo Nacional-Popular


Existen problemas para comprender las características del movimiento popular en América Latina ya que “sus opciones y alternativas aparecen casi totalmente definidas por la dominación misma”[1]. Es, por lo tanto, fundamental construir la historia del movimiento popular entregándole autonomía a los sujetos y no mediante la explotación. Esto sería una historia propia del movimiento popular, vinculada con el devenir social, los procesos de lucha y contradicción; pero no construida desde el punto de vista de la clase dominante. Así es posible encontrar rasgos propios de los movimientos populares. El sujeto popular ha constituido la posibilidad de una sociedad alternativa, tiene la capacidad de realizar cambios sociales y, por lo tanto, no puede ser visto como masa ya que tiene determinación sobre su propio destino, tiene su propia autonomía. En el Movimiento Popular el pueblo se constituye como una categoría política, convertido en movimiento político-social se transforma en un solo gran actor. Es por esta razón que las que “las etapas políticas que constituyen la historia del movimiento popular están marcadas por el tipo de proyecto alternativo”[2] pensado por los dominados. Existe, por lo tanto, una historia propia del movimiento popular la cual tiene en cuenta los periodos que se detallarán a continuación.

Conflicto Oligarquía-Pueblo


Abarca los primeros años del siglo XX en América Latina, coincide con la Revolución Rusa y la Primera Guerra Mundial en Europa. Es en este periodo donde trata de emerger una dominación burguesa por sobre la oligarquía dominante durante el siglo XIX, existe un conflicto entre la burguesía importadora comercial y la oligarquía terrateniente y minera. Esta lucha hace necesaria una “reordenación del sistema político con el fin de establecer nuevas formas de poder"[3] con la intención de realizar un reconfiguración social.


La burguesía encuentra como aliado al mundo popular el cual tiene marcado, igualmente, un sentimiento anti oligárquico y una fuerte intención revolucionaria. Surge, debido a la industrialización en los países, la clase obrera y con ello las ideas de “la inminencia de la revolución” y “el carácter revolucionario del pueblo”, lo cual tiene como consecuencia la emergencia de una alternativa socialista.


Alianza de Clases


Con la crisis económica de 1929 se derrumba finalmente la dominación oligárquica. Existía en América Latina una yuxtaposición de clases, surge así una alternativa de gobierno y, con ello, dirigentes que representan al pueblo, “el partido es por definición el pueblo gobernante”[4]. Esta aparente nueva estabilidad no evita que surjan intereses propios de cada clase o grupo, la clase obrera afirma su identidad y su alternativa de socialismo pero opta por una política inmediata de alianzas la cual satisfacía su necesidad de poder e implicó “ciertos grados de participación de los distintos sectores sociales en la estructura de poder y de determinados modos o estructuras institucionales de participación o incorporación social”[5]. Esta alianza de clases hacia el año 1945, finalizando la Segunda Guerra Mundial, se instala con un modelo desarrollista en América Latina el cual tiene como objetivo inmediato un “proyecto nacionalista, antiimperialista y antioligárquico; el socialismo es menos significativo que el proceso de liberación nacional”[6] y, por lo tanto “se caracteriza por la iniciación de políticas tendientes a la industrialización y a la consolidación del mercado interno”[7], el proyecto que pretende mantener esta alianza de clase tiene que ver con la modernización, es decir, su meta es salir del subdesarrollo y esto es lo que le entrega sentido a la historia latinoamericana. El mundo popular entiende que el desarrollo socioeconómico es un objetivo propio ya que tiene como esperanza mejorar las condiciones de vida, mejorar los porcentajes de ganancias y tener una mayor participación política a través de los partidos políticos que lo representan. Este desarrollismo, debido a la creciente industrialización y al alto desarrollo del mercado interno, que tiene como intención sustituir las importaciones, provoca un crecimiento en el poder económico de la burguesía lo cual provocó cambios en la estructura de la división social del trabajo, crea una mayor importancia del proletario y un aumento del sector popular no-obrero, surgen así las masas. Debido al importante papel que tiene el Estado en este periodo, el cual de ser un mero “mediador” entre la burguesía nacional y la inversión extranjera pasó a “iniciar fuertes políticas de defensa arancelarias del mercado, intenta promover la transferencia de recursos desde el sector exportador al sector interno; propicia la creación de una infraestructura de apoyo a la industria sustitutiva”[8] con lo cual comienza a surgir la burocracia y, con ella, los sectores medios que se identifican con el Estado y ven en él sus posibilidades de futuro.


Este estado social tuvo su expresión política la cual se ve reflejada en distintos acuerdos y alianzas entre todos los sectores sociales, “el sector obrero y las masas urbanas presionan con sus demandas dando origen al “distributivismo” social y económico como política de Estado”[9], surge así un “Estado de Compromiso”, cuyo objetivo inmediato es “el mejoramiento de las condiciones de vida, principalmente a través del desarrollo industrial, mayor y mejor educación, salud, vivienda”[10]. El Estado se transforma en distribuidor de la riqueza y, a la vez, permite una mayor participación de los movimientos populares en la estructura de poder, es un sistema de equilibrio social donde se abre un nivel de participación social, económica y política de los distintos actores sociales.


En América Latina se estructura el proyecto llamado Nacional-Popular, este concepto se encuentra en los “Cuadernos de la Cárcel” escritos por Gramsci, autor que está pensando la Revolución en occidente y que plantea como se puede desarrollar un proceso de transformación en la Europa occidental en donde se estaban desarrollando procesos de industrialización mucho mayores que en la Europa oriental (Rusia). Este autor piensa que no solo los que dominan lo hacen por la fuerza, sino que también por el consentimiento del dominado mediante procesos de legitimación. Surge así el concepto de hegemonía que se refiere a la combinación de los rasgos represivos del Estado con los elementos persuasivos de la legitimación que genera adscripción. Lo Nacional-Popular es entendido, entonces, en América Latina como la capacidad que tiene movimiento popular de proponer un proyecto alternativo para el conjunto de lo nacional. Un proyecto desde lo popular que integre a los diferentes sectores, donde se de un correlato entre la estructura política y la estructura social. Para Garretón[11] lo Nacional-Popular está vinculado al tema del desarrollo, la integración social y la autonomía. La principal característica de esta matriz sería la fusión entre sus componentes, es decir, el Estado, los partidos políticos y los actores sociales; esto tiene como consecuencia el debilitamiento de estos componentes y una mezcla entre dos de estos tres componentes con la subordinación o eliminación del que queda aislado.

Crisis del Estado de Compromiso o El quiebre de la Alianza de Clases

Este proyecto Nacional-Popular, encarnado en el Estado de Bienestar, no impide que surja un proceso de tendencias contradictorias entre las clases. Los grupos burgueses demandaban una expansión continuada de la economía, las masas populares demandaban un mayor grado de distribución de la renta nacional, lo cual también afectaba a los sectores medios y, por otro lado, los campesinos irrumpían presionando por el proceso de reforma agraria[14]. Es así como la alianza de clases comienza a entrar en crisis, la cual es provocada por “las propias contradicciones que el sistema económico-político y social contiene, contradicciones que solo es posible resolver a través de redefiniciones del carácter del Estado”[15], se puede decir que las reformas del Estado de Compromiso lo llevaron a su propia crisis. El propio desarrollo de la industrialización llevó a una mayor polarización de las clases sociales y a una mayor organización de clases, las cuales buscaron la solución definitiva en el enfrentamiento.

Esta crisis se puede explicar también en términos de “dependencia”, los problemas enfrentados por los países latinoamericanos dentro de esta perspectiva son: “a) sometimiento de las decisiones nacionales de producción y consumo, a los intereses externos (centros hegemónicos y/o multinacionales); b) subordinación de posibles grupos dinámicos (empresarios nacionales) a la organización y decisión de multinacionales y economías centro; c) marginalización creciente de vastos sectores agrarios y urbanos; d) distribución regresiva del ingreso; e) aumento de la extrema miseria”[16], la dependencia es, entonces, la subordinación de las estructuras económicas a un centro hegemónico que dicta como comportarse. Esto hizo surgir una “fracción capitalista” la cual busca imponer su hegemonía al total de la sociedad “no solo a través de un reordenamiento de las relaciones económicas, sino también de una reformulación del sistema de relaciones sociales y del sistema político”[17], en palabras de Garretón, una desarticulación de la matriz Nacional-Popular, la cual, tengamos presente, no por ser “nacional” dejó de considerar la existencia de clases sociales interactuando constantemente y lo que proponía era un sistema de alianzas y antagonismos. “La emergencia de una burguesía industrial y financiera cada vez más fuerte internamente, aunque en alianza con el gran capital extranjero, comenzó a poner en peligro la subsistencia del Estado de Compromiso”[18].

El propio desarrollo interno de la alianza la lleva a pasar de su carácter “distributivista” a entregarle un énfasis “productivista”, “el propósito es integrarse a las formas modernas del capitalismo aunque se tenga que aceptar una actuación solo en la periferia del mercado mundial”[19], el proyecto de alianza se enfrenta entonces a la demanda popular antagónica. El proletariado industrial, fortalecido por un lado por el desarrollo de la industria nacional y, por otro, teniendo presente la influencia de la Revolución Cubana de corte socialista, busca crear nuevas alianzas con sectores populares marginales y campesinos con la intención de realizar un proyecto político alternativo.

Presencia del autoritarismo

Así como en Cuba en el año 1959 se plantea la posibilidad del Socialismo para Latino América, en Brasil, en el año 1964, se plantea la posibilidad del Capitalismo Autoritario. Esto implica que el proceso de crecimiento del mundo popular se revierta. El movimiento popular fue reprimido y además se constituyeron condiciones en las cuales las posibilidades de avance del proyecto Nacional-Popular se dificultaban debido a la fractura de las posibilidades de realizar alianzas entre clases. “La “modernización” se hace a costa de un autoritarismo creciente y que no disminuye el cuadro de pobreza típico del “desarrollo con marginalidad”[20] y, por otro lado, mediante transformaciones institucionales o estructurales no autoritarias en el sentido militar pero sí en el económico. Se recurrió a la violencia cuando el grupo que buscó imponer su hegemonía no fue capaz de crear nuevas instituciones sociales estables que lo representaran. “El problema radica fundamentalmente en las posibilidades que tiene cada uno de los sectores en pugna para instaurar su proyecto. En este sentido los sectores populares carecen en general de la capacidad de imponer frontalmente un proyecto socialista, a la vez que suelen ser desbordados en la medida que plantean una política reformista o de conquistas de cuotas de poder. No es extrañar entonces que el Estado de Compromiso vaya inclinándose progresivamente a favor de los sectores económicamente dominantes. Donde la movilización de los sectores populares alcanzó la fuerza suficiente como para oponerse a esa tendencia se forzó el enfrentamiento directo instaurándose regímenes autoritarios”[21]. Esto permitió la formulación de políticas adecuadas y un reordenamiento social de tintes capitalistas de acuerdo con la dependencia económica.

Surge así un Estado Burocrático-Autoritario[22] el cual se caracteriza, además del nuevo ordenamiento económico y, por lo tanto, de relación de clases también una eliminación radical de las manifestaciones que puedan presentar una alternativa al actual Estado. Es necesario señalar también que las burguesías nacionales necesitaban de este tipo de estado para poder insertarse económicamente en el nuevo esquema impuesto por la empresa multinacional por lo que “no solo la nueva modalidad de la economía debía imponerse por vía de la fuerza sino que aún la pertenencia del régimen se basa en la coacción”[23], se destruyen las autonomías y se desmantela la esperanza socialista. El Estado, con la intención de estabilizar las relaciones sociales se convierte en un Estado de exclusión política cuyo mecanismo de control es la supresión de toda demanda social popular. Existe una desarticulación ideológica de las masas y surge la ideología del Estado la cual le entregaba al mismo un carácter abstracto señalándose como un Estado “que pretendía estar al margen de la representación directa de las clases”[24], esto aunque su poder y fuerza la obtuviera de grupos económicos y sociales bastante definidos.

Este Estado, con la intención de profundizar el capitalismo comienza a ser administrado por una tecnocracia que pretende la racionalización económica de éste. Surge así una nueva alianza la cual está compuesta por tres sectores: “el sector económico controlado directamente por el Estado, los capitalistas locales y las empresas multinacionales”[25]. Existe así una relación dialéctica entre el mercado internacional que demanda profundización del capitalismo y el Estado que es capaz de ordenar a la sociedad para cumplir con esta demanda. Su legitimación la realiza de dos maneras, la primera es en virtud de la situación anterior de la cual resaltan los aspectos más negativos, es decir, en la negación del desorden del comunismo o la corrupción de “los señores políticos”. Y la segunda, resaltando sus aspectos “positivos” los cuales serían la racionalidad y la eficacia económica, con lo cual reafirma su carácter productivista.


[1] Baño, R. y otros, Movimientos Populares y Democracia en América Latina, p. 2.
[2] Op. Cit. p. 2.
[3] Idem.
[4] Op. Cit. p. 3.
[5] Faleto, E. y Kirkwood, J. Articulo Política y comportamientos sociales en América Latina en Revista Paraguaya de Sociología Nº 49, p. 69.
[6] Op. Cit. p. 3.
[7] Op. Cit. p. 72.
[8] Idem.
[9] Idem.
[10] Op. Cit. p. 3.
[11] Ver Garretón, M. La transformación de la acción colectiva en América Latina, pp. 9-10.
[12] Op. Cit. p. 3.
[13] Idem.
[14] A respecto de este último punto ver Faletto, E. La dependencia y lo nacional-popular, p.4.
[15] Op. Cit. p. 69.
[16] Faletto, E. La dependencia y lo nacional-popular, p. 2.
[17] Op. Cit. p. 74.
[18] Op. Cit. p. 4.
[19] Op. Cit. p. 74.
[20] Idem.
[21] Op. Cit. p. 4.
[22] Op. Cit. p. 75.
[23] Op. Cit. p. 5.
[24] Op. Cit. p. 76.
[25] Op. Cit. p. 75.

domingo, 9 de marzo de 2008

Movimientos Sociales (Parte 1)

En la primera mitad del siglo XX las Ciencias Sociales se encontraban bajo el paradigma estructural, por lo tanto su preocupación fue la estructura social, la totalidad, y, entonces, sus análisis apuntaron a la posibilidad de cambio de esta totalidad. Los científicos sociales estaban inmersos en la sociedad de la época industrial, fordista o moderna; donde existía una contradicción de clase dada por la tenencia o no de los medios de producción. A continuación se abre paso la sociedad postindustrial, postfordista o postmoderna, la cual ya no se organiza en términos tradicionales, ahora las grandes estructuras sociales ya no existen y, por lo tanto, el sujeto social es distinto y “funciona” de acuerdo a problemas más pequeños y acotados. Las luchas ya no estarían centradas en las demandas políticas-económicas, ahora, los actores sociales lucharían por la identidad. Emergen, actualmente, movimientos sociales fragmentarios con lo cual desaparece el problema de la transformación social, el movimiento social se legitima cuando lucha por sus reivindicaciones. En las próximas publicaciones se buscará graficar al Movimiento Popular en Latinoamérica y lo Nacional Popular de la sociedad moderna; y con esto mostrar el giro cultural que llevó al surgimiento de la Teoría de los Nuevos Movimientos Sociales. A continuación se expondrá una breve introducción para así contextualizar las posteriores publicaciones.

Clase, pueblo y masa

Antes de analizar el devenir del Movimiento Popular y el posterior surgimiento de los Movimientos Sociales en América Latina se debe pasar a revisar que quieren decir los conceptos de clase, pueblo y masa. El primer lugar, el concepto de clase surge cuando la naciente sociedad industrial se enfrenta a las estructuras estamentales tradicionales de los estados feudales, surgía así una nueva forma de estructuración social en la cual se utiliza el concepto de clase para dibujar los contornos de la nueva estructura social y, en este sentido, se convierte en uno de los conceptos más importantes para comprender a la sociedad moderna[1]. Marx, teniendo a espaldas las revoluciones, Francesa o Burguesa por un lado e Industrial por otro, entrega un verdadero diagnóstico de época mostrando en El Manifiesto Comunista las principales clases de la sociedad burguesa[2]. Estas clases están definidas según la pertenencia de los medios de producción, es decir la clase burguesa la componen los dueños de los medios de producción y la clase proletaria la componen los que venden su fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de producción[3]. Otra definición que hace Marx de pertenencia de la pertenencia a una clase determinada la realiza en La Ideología Alemana donde indica que los individuos forman una clase social solo cuando se unen es pos de una lucha común contra otro grupo común, concepto que tiene implícita la idea de “lucha de clases”. Por lo tanto, se puede decir que las clases están dadas por una condición económica, según su posesión o no de los medios de producción, y, por otro lado, si se forma parte de un conglomerado activo unidos por una lucha común contra otro. Entonces existe una visión económica y política del concepto.

Por otro lado, los conceptos de pueblo y masa son trabajados en América Latina con la idea de “clase”. En América Latina, debido al desarrollo histórico distinto al Europeo, se ha puesto en duda la existencia de clases sociales según el paradigma Europeo. El pueblo o movimiento popular es visto como una expresión de clase, hay que concebir este concepto como una gran totalidad del sector popular organizado y en movimiento, una clase social determinada como todo aquello que no es parte de la dominación[4]. En tanto, el concepto de Masa surge entre los años 20 y aquí lo masivo es la idea de la existencia de lo popular, tiene, en si, un tono peyorativo en tanto que presupone una homogeneización del comportamiento y las expectativas de los sujetos. Las masas, hoy en día, está vinculada a los medios de comunicación. El consumo sería la forma de construcción de “masividad” a través de lo cual se expresa lo popular[5].



[1] Al respecto, ver Basaure, M., ¿Fin de las clases? Materiales para un debate.

[2] Marx, C. Y Engels, F., El Manifiesto Comunista, capítulo “Burgueses y proletarios” pp. 23-36.

[3] Al respecto ver versión de Marx, C., Manuscritos Económico-Filosófico, tercer manuscrito: “Necesidades, producción y división del trabajo”, pp. 132-138. En compilación realizada por Fromm, E., Marx y su concepto de hombre.

[4] Al respecto, ver Salazar, G. Y Pinto, J. Historia contemporánea de Chile II. Actores, identidad y movimiento, pp. 93-96.

[5] Al respecto, ver Arancibia, J. Comunicación Política, pp. 109-126.

jueves, 6 de marzo de 2008

Pobreza Estructural y Desigualdad Social


Las barreras que impiden la igualdad de oportunidades comprenden distintas variables, por lo que no puede ser medida solo tomando en cuenta un indicador, ya sea el acceso a ingresos o el consumo de bienes y servicios. Una sociedad es equitativa cuando asegura la igualdad de oportunidades, es decir, cuando no se limita a respetar la igualdad de las personas ante la ley, sino que también promueve la supresión de las barreras económicas y sociales, o la comprensión de las desigualdades que ellas generan y que impiden o dificultan la realización del potencial individual. Por lo tanto, el análisis debe complementarse con la incorporación de la población a la ciudadanía social y política y, por ende, con la capacidad de influir en las orientaciones de política pública o gubernamentales.

Se puede diferenciar pobreza en tanto no acceso a bienes primarios o pobreza en tanto no acceso de bienes o servicios. Ésta debe ser entendida como un fenómeno sociocultural multidimensional que incorpore variables como empobrecimiento, asociatividad política y capital cultural del lado de la familia. Hay componentes adscriptivos de la inequidad que tienen que ver con la distribución de bienes económicos y sociales de acuerdo a rasgos que son socialmente atribuidos a personas, sin tener en cuenta sus talentos o habilidades, estos componentes adscriptivos, que perpetúan la desigualdad, no pueden ser resueltos con la constitución de salarios y bienes básicos, sino que, más bien, con la formación del sujeto -socialización- donde el ciudadano pasa del derecho pasivo al activo. Este componente adscriptivo es atribuible a la existencia de modernización sin modernidad.

Si bien existen componentes adscriptivos que se relacionan con la no distribución de bienes económicos, cabe tener en cuenta los capitales culturales y simbólicos, los cuales, si no son considerados al interior del enfoque de la política pública, tienden al agravamiento de las desigualdades intergeneracionales. Hay componentes distributivos de la inequidad que derivan del sistema de retribución de los factores que se encuentran implícitos en el estilo de desarrollo, que van más allá de los niveles de desigualdad aceptada socialmente. Estos factores abarcan la distribución del ingreso y del patrimonio, incluyendo en éste no solo sus aspectos físicos sino el patrimonio de cocimiento y habilidades y el acceso a la información. Entonces, más allá de la distribución del ingreso -que no se busca desvalorar-, en el análisis, se deben incluir aspectos referidos al grupo de parentesco, la familia entendida como una experiencia cultural de socialización cognitiva, valórica y social; también otros aspectos como el patrimonio de conocimientos, competencias y habilidades, como así mismo de acceso a la información. La distinción de estos componentes permiten subrayar el carácter multidimensional del fenómeno de la inequidad social, idea que debe sustentar todo el enfoque analítico de las políticas sociales con que se pretenda afectar positivamente la distribución social de las oportunidades, se reclama, por tanto, una comprensión integral del fenómeno.

Esto implica que el concepto de pobreza ha experimentado una notable variación cualitativa en su contenido. Convencionalmente el concepto de pobreza (estructural) aludía a una dimensión estrictamente económica, es decir a la capacidad de consumo, donde no existiría movilidad porque no se constituye un “orden social competitivo”. A cambio, se plantea la incorporación de nuevas variables: los valores que los sujetos puedan capitalizar, capital simbólico (capital educacional del hogar); la seguridad (inseguridad en la condición de pobreza), las condiciones de participación autónoma de las personas en su entorno social y político como factor de "superación de la pobreza".

viernes, 29 de febrero de 2008

Modernidad y Modernización


Modernidad y modernización son conceptos que pueden ser claramente diferenciados en su definición, pero esto no implica obviar la incestuosa y compleja relación que, idealmente, entre ellos se da. La modernidad es posible comprenderla en tanto rasgo definitorio de la cultura de una época, es decir entenderla a través de estructuras culturales. Por otro lado, la modernización responde a la tecnología de la transformación animada por esa cultura. Convencionalmente, al referirse a la modernidad se hace referencia al progreso, la igualdad, soberanía, Estado, partidos políticos, parlamentos; esta conceptualización es posible leerla como la construcción moderna de instituciones que tienen la capacidad de fortalecer una acción política moderna. Weberianamente, la tensión modernidad-modernización contiene la esperanza de la constitución de ciudadanía, la modernización se entiende como el diseño de una sociedad, una forma de articular una política pública focal y un cambio de matriz cultural.

Teniendo en cuenta la continua revolución tecnológica, no es casualidad que el debate actual instale el tema bajo las complejas relaciones entre modernidad, entendida como la constitución de códigos seculares y política moderna; y modernización, vale decir, las transformaciones de la base técnica. Esta revolución tecnológica se expresa de dos oleadas, la primera estaría impulsada por la aplicación sistemática y cuantiosa de energía no-humana al proceso productivo; la segunda por la ampliación acelerada de la capacidad humana para procesar información. La primera modernización revoluciona la capacidad de producción material; la segunda revoluciona la capacidad de producción de conocimiento.

En el caso de los países desarrollados se puede apreciar una articulación entre modernidad y modernización gracias a una secuencia histórica de cambio societal de modo que la transición de la primera a la segunda oleada pudo producirse con un apreciable grado de control societal sobre los cambios propios de esa transición. A diferencia se los países en vías de desarrollo -o francamente subdesarrollados- donde lo que ocurre es una superposición de segmentos sociales que, aunque participan de la modernización industrial, conviven con segmentos insertados en la segunda oleada modernizadora, es decir, la capacidad de producción de conocimiento (sociedad de la información) se da en una yuxtaposición social y política. Es por esto que en América Latina es complejo hablar de transiciones que van de una oleada a otro ciclo de modernización, lo que existe son más bien rupturas y quiebres políticos, culturales y sociales que marcan la heterogénea superposición en las formas de desarrollo.Es por esto que la teoría sociológica del desarrollo veía en la modernización una especie de racionalidad histórica que llevaría a un pasaje gradual de la sociedad tradicional a la sociedad moderna, es decir, de lo irracional a lo racional. Este camino lo realizaría mediante la instauración de un moderno sistema de valores, instituciones secularizadas -como la escuela, el partido político, la empresa moderna, burocracia de Estado-. Es en este contexto donde surgen los gobiernos nacionales populistas y el caudillaje. La modernización era, en suma, un proceso de construcción de instituciones. Teniendo en cuenta la desarticulación entre modernidad y modernización, destacan en el debate actual ideas que inciden sobre el análisis de la estructura de clases, la estratificación y la movilidad.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Las Ciencias Sociales como disciplinas


Entre 1780 a 1830 comienza una de las revoluciones científicas más grande de la historia de la humanidad, surge la revolución industrial, con lo que el Idealismo Alemán entra en crisis, se produce un desarraigo entre la tradición filosófica y la vida práctica. Es aquí donde surgen las ciencias sociales como disciplinas, este concepto no se refiere a la reflexión científica sobre el hombre y la sociedad, reflexión que ha existido desde el siglo XIII, sino que se refiere al surgimiento de campos profesionales con relativa autonomía entre ellos, es decir, en cada uno de estos campos se puede encontrar su respectivo objeto de estudio, método de la disciplina y, por supuesto, especialista, sean exclusivamente sociólogos, economistas, psicólogos, etc. Los grandes pensadores de los siglos XVII, XVIII o anteriores, es decir antes del surgimiento de las ciencias sociales como disciplinas, son, por así decirlo, pensadores integrales, es decir filósofos, geógrafos, matemáticos, sociólogos, psicólogos o antropólogos, simultáneamente.

En la distinción por disciplinas surgida en el siglo XIX el saber se relaciona con la figura del poder, en tanto privilegio profesional. A propósito de la aparición del saber de la ciencia social como disciplina es que se funda la filosofía de la ciencia contemporánea. Existe una orientación desde el saber de los fundamentos hacia la experiencia, en palabras de Marx: “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”, en el caso de la fundación de las ciencias sociales, hacia la técnica. Se asumió la ciencia como un hecho y además se asumió que ésta es la mejor forma de conocer, entonces los filósofos ya no buscan un fundamento para la ciencia, el problema pasó a ser técnico: ¿Cómo hacerlo?, es por esto que son llamados filósofos del método. La ciencia, entonces, es un dato, una premisa, y el problema real es encontrar cómo aplicar ese dato del saber científico a un objeto más complejo, al hombre, a la sociedad. La idea del método es una premisa de la cultura científica, es decir que la idea que existe que para conocer se debe utilizar un método es una premisa del propio método, esta idea no es pensada, se da como una obviedad, es anterior al pensamiento. El método, en realidad, no sirve para conocer sino que, mas bien, es la manera en que los científicos presentan sus conclusiones, como se identifican entre si. No es el camino a seguir para llegar a las soluciones sino que es la manera como la comunidad científica se identifica con el resto de la comunidad (legos). El método, entonces, pasa a ser un discurso legitimador y, por lo tanto, una ideología, la ideología de la comunidad científica.

lunes, 25 de febrero de 2008

El “otra vez” como síntoma



Estoy terminando de reemplazar, durante dos semanas, a un colega en su trabajo. A él lo conozco desde la primera adolescencia, entre los trece y los catorce años creo, fuimos compañeros en el colegio por toda la enseñanza media y, como buenos egresados de una escuela industrial, apenas salimos de cuarto medio, sino antes, nos pusimos a trabajar en lo que habíamos gastado el tiempo durante tres años: la informática. Cuando recién entramos a esta “carrera” la denominaban “la carrera del futuro” y, ahora, desde el futuro tan lejano en esos años me doy cuenta cuan errónea era esa frase, seguramente no muy pensada por el profesor que la lanzó. A veces las personas no miden las consecuencias de sus gestos, tan necesarios de ser calibrados sobre todo si los expresas ante un púber.

Luego de trabajar unos años en el rubro con la auto-obligación impuesta, además, de estudiar algo relacionado con lo que hacía para no perder la inversión de tiempo y dinero, me di cuenta de lo errado que me encontraba. Ahora que estoy en un puesto similar al que enrolé hace ya más de tres años atrás comienzo a recordar lo chato que estaba, lo plana que era mi vida, lo poco cuestionada que eran las situaciones y cuanta ignorancia (en el sentido más brutal del termino) guardaba bajo la bóveda . Esta mañana me di cuenta. Un día antes de terminar el reemplazo, sentí la misma voz matinal de antaño al levantarme, el mismo soliloquio que retumba con un eco que solo pueden callar las primeras gotas que salen de la ducha: “Otra vez”. Pero este “otra vez” no es un “otra vez” cualquiera, porque si fuera “otra vez… voy a comer algo rico” u “otra vez… voy a tener sexo del más sucio” u “otra vez… voy a leer cien años de soledad” sería casi una loa, un piropo. Por el contrario, este “otra vez” es de decepción, de desesperación, de aislamiento, de impotencia.

No es cansancio, lo sé, no puede serlo, los viejos se cansan. Además, si fuera cansancio se aliviaría con descansar y éste no es el caso -lo he comprobado empíricamente-, además llevo solo dos semanas en el trote. Esta sensación, más bien, rosa el desaliento, no alcanza a serlo, es solo el comienzo de éste sentir. Es, en definitiva, aburrimiento. Pero ¿aburrido de qué?... ¿de levantarme temprano?, ¿de tomar desayuno apurado?, ¿de viajar en un metro repleto, de mal olor y, por lo mismo, nauseabundo?, ¿de estar sentado todo el día frente a la computadora?, ¿de volver a casa en las mismas condiciones de viaje que en las que arribo al trabajo?. Alguien, de manera apresurada claro está, respondería que si, que es por todas y cada una de esas cuestiones. Pero otro, el segundo por supuesto, que se dio mucho más tiempo para meditarlo que el primero, me diría que efectivamente es la acumulación de todo eso, pero hay más. Ese “más” es donde se oculta el secreto. Es el síntoma, es decir, el valor agregado es lo que devela el trauma que constituye el aburrimiento. Este “más” es el palpitar de la subjetividad aprisionada, engrillada a toda la externalidad enunciada anteriormente, subjetividad que busca compulsivamente tener la facultad de obrar de una manera u otra o, simplemente, no obrar –los más osados y crédulos le llamarían “libertad”-, facultad que le es castrada a la subjetividad debido a que le es castrada la soberanía sobre si misma. Este palpitar es su praxis, su trabajo, su capacidad de producir y que ésta producción lo produzca a si misma. No ser dueño de su trabajo implica no ser dueño de si mismo, de su propia subjetividad, es coartar la “libertad” que constituye al hombre… definitivamente así cualquiera se aburre.

viernes, 22 de febrero de 2008

El baile de la gambeta

Joaquín. Tú mejor que yo, que soy un simple mirón del deporte rey y, por lo mismo, un simple mortal, bien sabes que el fútbol está por sobre cualquier institucionalidad (como dijo un gordito un poco hiperventilado por ahí: “la pelota no se mancha”), el fútbol es ir a la cancha más que al estadio, es pensar en la posibilidad de comenzar a creer en Dios, siendo ateo, ante una potencial definición por penales, es estar expectante ante cada parábola que forme la “gordita regalona”, es emocionarse viendo como el artista del timo traza líneas zigzagueantes sobre la hierba invitándote a jugar mientras te quita el balón buscando envilecer con sus jugadas las tuyas. Es, en definitiva, disfrutar del baile de la gambeta.

Saludos

Visiten http://elbailedelagambeta.blogspot.com/ (Solo el barra brava cruzado)

miércoles, 20 de febrero de 2008

En el medio del festival


Sintiendo que en los medios de comunicación nacional se viene una semana dedicada casi de forma exclusiva a la faramalla festivalera, creo que es necesario recordar cuál es el rol de estos medios en la sociedad, para que no nos pille volando bajo tan espectacular espectáculo. A continuación expondré el fragmento de un trabajo presentado en el curso de “Discurso y Comunicación” que, tomando el caso ejemplar de Televisión Nacional de Chile, pretende explicitar sus prácticas y, en definitiva, intenta que el lector, como sabio descifrador de sus líneas, tome conciencia cuan formateador puede ser un medio de comunicación…. Porque Viña tiene Festival.





Los medios como (re)productores de la realidad, el caso de TVN.





De acuerdo a las Orientaciones Programáticas de TVN esta institución se declara como “un medio televisivo que se concibe como un servicio público pluralista, objetivo y abierto a la sociedad” a partir de lo cual podemos precisar ciertas incongruencias discursivas, las cuales se desmenuzaran a continuación buscando demostrar como los medios de comunicación y particularmente la TV (tomando como caso ejemplar a TVN) tiene la capacidad de (re)producir la realidad sin que muchas personas siquiera se detengan a pensar lo que esto significa.

Al ser un medio de comunicación pluralista nos está diciendo que en su señal y en sus respectivos programas tienen cabida las distintas visiones que pueden existir dentro de una sociedad con respecto a la misma, en palabras de la Línea Editorial de TVN “No pretende desconocer ni mucho menos ocultar la diversidad de la sociedad y los distintos enfoques de quienes viven esos mismos valores de distinta manera”. Esta paradoja discursiva, la pluralidad de quienes viven esos mismos valores de distinta manera es lo que la señal de derecho público y empresa autónoma del Estado representa y busca re-producir.

Este contrasentido es la condición de posibilidad de la emergencia de una institución totalitaria que invisibiliza las condiciones de dominio, haciendo creer que los distintos sujetos son libres y autónomos en su pensar, decir y crear; pero lo que realmente está haciendo es cancelar la deliberación y extirpar la verdadera diferencia y, con esto, preservar para sí el monopolio de un lenguaje particular: la violencia. Al negar el pensar, el totalitarismo cercena las palabras, enmudece a los sujetos, provoca una ontologización lo cual conlleva a la naturalización o normalización de un estado y orden de las cosas. Las personas terminan por vivir en una realidad que les crea el dispositivo de poder que es el medio de comunicación.

Al catalogarse de “objetivo”, o sea, que existe fuera del sujeto que ve un hecho, se otorga imparcialidad. Está queriendo decir que, al decir está diciendo la verdad tal cual es, sin ninguna influencia externa y, por lo tanto, al enunciar la verdad el que realiza el discurso es “la” verdad misma. La verdad es, según Foucault, “el conjunto de procedimientos reglamentados por la producción, la ley, la repartición, la puesta en circulación, y el funcionamiento de los enunciados”. Los sistemas de poder son aquellos que producen el discurso de la verdad y a la vez la ostentan y por lo tanto se re-producen a si mismos en su lugar.

En toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros. Existen tres grandes sistemas de exclusión que afectan al discurso, estos son la palabra prohibida, la separación de la locura y la voluntad de verdad; siendo esta última la dimensión más importante ya que las dos primeras se subordinan a esta. Justamente es esta voluntad de verdad la que se adjudican los medios de comunicación y en este caso TVN al indicar que su discurso es objetivo, y por lo tanto sin ningún otro interés que el de mostrar las cosas tal cual son, está queriendo instalar un velo de alquitrán en las miradas de los espectadores para así evitar el vislumbramiento de su deseo o ejercicio del poder, por lo tanto la voluntad de verdad lo que hace es camuflar la verdad del poder y esconder, además, esta relación incestuosa.

Al obstruir el deseo de poder, los medios de comunicación mantienen a la población común a raya. Hacen que se identifique con lo que el poder quiere que se identifique, evita cualquier posible organización de parte de la población en contra de los que ostentan el poder, fracturando su estructura, creando a personas que no se identifican con su clase, los cuales se encargan de resguardar los intereses de quienes tienen el poder sin ser ellos parte de este. Pero estos mecanismos el poder no los ejerce de manera represiva, lo que hace que la voluntad de este poder sea aceptada es que no pesa solamente como una fuerza que dice no, sino que de hecho la atraviesa, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; es preciso considerarlo como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social más que como una instancia negativa que tiene como función reprimir. Los medios de comunicación, indican que es lo que se debe hacer o decir, educan a la población a su antojo y todo esto lo hacen de manera “divertida”, entregándoles el espectáculo que gustan ver, gusto que el mismo poder ha moldeado y desarrollado.

Entonces, cuando TVN se califica como “un medio televisivo que se concibe como un servicio público pluralista, objetivo y abierto a la sociedad”, lo que está haciendo es abrir las puertas de sus estudios para que por delante de sus cámaras desfile la sociedad de mismos que la misma señal a creado, por lo tanto este medio de comunicación narra lo idéntico que produce y re-produce. Muestra a los espectadores “los distintos enfoques de quienes viven [los] mismos valores de distinta manera”, estos valores son los sentidos de verdad que son la condición para la formación y el desarrollo del capitalismo neo liberal.

lunes, 18 de febrero de 2008

Internet como herramienta


Le pregunte a un amigo, de 16 años, cómo se imaginaba Internet y para qué creía que servía. Él es un usuario constante de esta red de redes, fotolog incluido y tardes de chateo transformadas en noches de conversación, claro que sin ver ni haber escuchado a nadie. Su respuesta me pareció algo inocentona, partió como buena respuesta adolescente con un “No sé” y continuó con una inspiración digna de película de ciencia ficción, pero claro sin rozar siquiera la tipología lógica de la red, para terminar con un “sirve para comunicarse, pero ¿Por qué me preguntas eso?”. “Por nada”, le dije, “para saber”. Buscaba saber desde la perspectiva de un usuario compulsivo de Internet, que nació con el fax-MODEM y se desarrolló con las direcciones IP, su visión de La red.

Internet es, básicamente, computadoras y cables. Cada computadora cuenta con una dirección en la red (dirección IP) la cual permite tanto la identificación de las máquinas como la comunicación entre las mismas. Las computadoras más grandes y que almacenan la información que es consultada son llamadas Servidores y las computadoras que consultan se les puede llamar Terminales. Existen también los terminales tontos, no podían no existir. Esta red fue creada por un par de universidades norteamericanas conjuntamente con el Pentágono (no podía ser de otra forma), en plena guerra fría, con la intención de transmitir paquetes de información militar de un punto a otro. Básicamente, como piensa mi amigo, para comunicarse.

Pero desde los sesenta a esta parte la red ha cambiado. Hoy en día nos envuelve como una gran tela de araña al punto de que una computadora sin Internet se nos vuelve casi inútil y una persona sin computadora se transforma en un analfabeto, no por nada existe la necesidad de alfabetizarse digitalmente. Hoy por hoy todo se hace por Internet, desde comunicarnos con algún amigo o familiar que se encuentra en otro lugar del mundo, en tiempo real, hasta contar con un e-commerce, es decir, un mercado electrónico en línea, dispuesto a realizar transacciones las 24 horas del día, sea cual sea éste. Internet está en todas partes. La información que aparece allí se considera verdadera. De hecho los medios de comunicación ya clásicos como la televisión, radio o la prensa escrita, que se caracterizan por ostentar la verdad (el clásico: “Es verdad, salió en la tele”), se han subordinado a la red.

Es por lo mismo que no debemos hacer de la red un fetiche, es decir, no nos debemos olvidar que es una creación nuestra y, por lo tanto, una herramienta que puede ser moldeada a nuestras necesidades. Pero es aquí donde surge el problema de definir cuáles son nuestras verdaderas necesidades, mientras la ideología dominante continúa imponiendo necesidades que en un principio nos parecen propias pero con el tiempo se nos tornan ajenas. No creo que sea casualidad que los Pingüinos Revolucionarios se hayan transformados en Pokemones posteando sus fotologs, mientras las acciones por concepto de búsqueda y publicidad en Google ascienden a más de 170 millones de dólares (y, como la capacidad de almacenamiento de nuestra casilla de correo, “sigue en aumento”).

viernes, 15 de febrero de 2008

San Valentín o Día del Amor


El catorce de Febrero me pilló vendiendo mi fuerza de trabajo, reemplazando a un colega (digo colega porque es un ex compañero de colegio) en una pega que atonta de lo aburrida que puede llegar a ser. Por otro lado, a mi novia, Valeria, la encontró atendiendo una tienda de regalos de una muy dudosa administración. La pasé a buscar tarde, a eso de las nueve de la noche, pero antes de llegar a su “trabajo de verano” caminé por las calles del centro de Santiago, me llamaba la atención la cantidad de parejas que caminaban abrazadas. Los globos, como los Romeos, flotaban desde las manos de sus Julietas de jornada, los parquímetros colapsaban, los cines se llenaban, en los restoranes hacían fila para entrar y las tiendas, como en las que trabaja mi novia, estaban repletas de “enamorados” comprando regalos para demostrar su amor por medio de un presente, presente que quizás pretenda reemplazar lo ausente. No voy a discutir el tema del consumo ni el consumismo, lo haré en otro momento. Lo que quiero destacar es cómo es que se puede llegar a confundir lo sentimental con lo material, quiero discutir la idea del regalo en tanto re-presentación, un traer al presente algo, en este caso un regalo-algo en tanto cosa, y exponerlo para demostrar un sentimiento que per se es humano.

Los sentimientos, creo, se deben intercambiar por sentimientos, por ejemplo, el amor por amor o desamor, la valentía por valentía o cobardía, y así todos. Pero también podemos intercambiar sentimientos por objetos, ojo digo objetos y no cosas, es decir objetos en tanto devenir de un procesos de subjetivación, o sea como frutos del trabajo o producción de un sujeto. Cuando yo produzco algo, de manera no enajenada por supuesto, estoy poniendo todo mi ser en ese algo. Este objeto creado, de cierta forma, contiene mi humanidad y, por lo tanto, mis sentimientos; por lo cual éste verdaderamente me re-presentaría. Pero, entonces, ¿Qué hacemos intercambiando sentimientos por cosas?, ¿Por qué confundimos lo humano con lo cósico sin siquiera detenernos a pensarlo?, creo que no es un simple problema de equivalencia y, sin duda, es mucho más profundo que cualquier fiesta que sirva para reactivar el mercado como, por ejemplo, San Valentín.







--continuará en otra entrada--

jueves, 14 de febrero de 2008

Advertencia


Este texto(*), al ser el primero que subo es, más que una introducción de los posteriores, una advertencia. Creo que es necesario indicarles desde donde escribo y, por lo tanto, cuales son los intereses implícitos en los trazos realizados. Es, a la vez, una especie de declaración de principios para que el ávido lector sepa desde que punto se apunta al apuntar en la hoja. Esta declaración es producto del constante trabajo realizado estos últimos años, de la articulación de distintas cátedras y, por supuesto, de discusiones, siempre reanudadas, con amigos.



* Fragmento de la ponencia que realicé en el Octavo Congreso Nacional de Estudiantes de Sociología llevado a cabo en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano en el mes de Noviembre del año 2007 . El texto completo se encuentra en la publicacón que realizó la misma universidad.


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Lo que define al ser humano es el comprender, el estar abierto al sentido. El ser humano está definido como una condición hermenéutica. El comprender, por lo tanto, no es una función de la facultad inteligente del ser humano sino que es el modo de ser de lo humano[1]. Esto es posible verificarlo en la operación hermenéutica fundamental que todos estamos provocados a hacer: “¿Qué significa esto?”, preguntarnos por el significado de algo cuando éste se nos aparece y comparece como un problema, cuando emerge un mensaje cuyo significado ignoramos. Pero los objetos, las cosas, no necesariamente tienen significados, hay veces que estos son el resultado de una cadena causal, por lo que no habitualmente buscamos el significado de algo, sino que, en ocasiones, buscamos explicar por sus causas un determinado fenómeno. Desde la teoría del inconsciente freudiano se puede entender que toda escritura termina siendo una matriz de producción a través de traducciones, las cuales siempre son distorsiones, no de un “original”, puesto que, a su vez, este “original” traducido es producto de otra traducción. Siguiendo a Paul Ricoeur[2], todo el pensamiento crítico moderno, desde Marx, Nietzsche y Freud; está en relación en torno a la incredulidad respecto a todo origen sustancial y el desmantelamiento crítico de todo recurso al origen como ilusión. Del origen, lo único que tenemos es siempre narrativa, un cuento, un relato. Por lo tanto no existiría un sujeto fundador, ni una conciencia propia de este sujeto. En la base de la idea de sujeto se camuflan, según Marx[3], un conjunto de elementos sociales, económicos e ideológicos; según Nietzsche[4], una moralidad recibida y reproducida a partir de un resentimiento en contra de la vida; y para Freud[5] el yo continúa hacia adentro, sin límites precisos, con una entidad psíquica inconsciente, sería, además, un obstáculo de la realización de la demanda de placer realizada por el inconsciente.

El hombre produce signos u objetos que comparecen como signos y, como consecuencia, está en relación con éstos. El sentido no existe al margen del sujeto social, este es en tanto sentido de una determinada sociedad. Por lo tanto, el sentido y el valor de éste se constituyen históricamente. La dimensión hermenéutica es la condición comprensiva que define el modo de ser singular de lo humano, pero el significado siempre es un signo y la posibilidad que algo comparezca como signo es su posibilidad de inscripción, el sustrato del sentido es el soporte material del lenguaje como existencia perdurable, es su escritura. En el discurso escrito[6] desaparece el intercambio entre locutor e interlocutor, tanto el escritor como el lector están ausentes el uno para el otro; por lo tanto, lo que quería referir el autor pierde el sentido para la comprensión y ésta es reemplazada por la búsqueda del significado real del discurso. Es este el fenómeno que se debe tratar de explicar, es decir, cómo es posible que se constituya el sentido y cómo el ser humano está en relación al sentido. El problema de la inscripción implica la cuestión del tiempo y la historia. De toda actualidad de sentido lo único que queda son inscripciones, huellas sobre una superficie material, a estas, por definición, les compete el preservarse y perdurar más allá de la vida del sujeto autoral, está, por lo tanto, destinado a ser interpretado de manera póstuma. No se puede, entonces, ser contemporáneo al sentido del presente, este sentido solo será revelado después, en otra escena comunicativa cuyos códigos serán distintos y distantes a la escena comunicativa inicial.

Un hecho fáctico al ingresar a la cultura se transforma en un símbolo, esto es a lo que se apunta cuando se habla de la singularidad del ser de lo humano. Al ser el objeto un punto de llegada de un proceso de objetivación, la condición de este objeto está determinada por el sujeto, el objeto es, entonces, un proceso de subjetivación. Lo que se debe buscar entender es cómo es que una formación discursiva o hipótesis, deviene institución histórica, es decir, cómo un texto se transforma en referencia fundamental, es decir, objeto; dentro de un determinado cuerpo de saber. Es necesario preguntarse cómo algo que pertenece al dominio cultural, por lo tanto, al discurso y al sentido de este, y por tanto es contingente e histórico, se transforma en una segunda naturaleza, en lo social incorporado, donde el aprendizaje es fuente de la realidad de las prácticas. Según Marx[7], no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, es la organización social del hombre lo que determina su conciencia. Esta conciencia es, por lo tanto, “falsa” ya que lo social dirige el modo de pensar del hombre en determinadas direcciones y le impide que cobre conciencia de determinados hechos y experiencias. Solo si esta falsa conciencia se transforma en verdadera, es decir, solo si se puede tener conciencia de la realidad en vez de deformarla con racionalizaciones y ficciones se puede cobrar conciencia, también, de las necesidades humanas reales y verdaderas. Existe, entonces, una naturaleza humana en general y una naturaleza humana históricamente condicionada por cada época[8], es decir, existen impulsos humanos constantes y fijos, como la sed, el hambre y la sexualidad, los cuales son parte integrante de la naturaleza humana; y los impulsos humanos relativos, que son parte integrante de la naturaleza humana pero que deben su origen a ciertas estructuras sociales y a ciertas condiciones de producción, como por ejemplo la estructura capitalista crea la necesidad de dinero, el objeto por excelencia[9]. Se hace necesario, para develar la forma de constitución de esta segunda naturaleza viajar donde habita el olvido estructural que es inherente a todo proceso de socialización, resistirse analíticamente a este olvido que está implicado en todo acto de institución. En la identificación, por ejemplo entre “persona” y “sociólogo”, que se pone de manifiesto en cualquier representación social está implicado el olvido de los procesos disciplinarios que están contenidos en cualquier acto de aprendizaje. La consecuencia de este proceso de olvido es que se niega al sujeto, este pasa a ser pura producción estructural, y su conciencia se deforma. El acto de instituir, como también la institución, se levanta sobre una operación de olvido estructural. La operación analítica de la sociología es, entonces, desocultar, descubrir analíticamente todo aquello sobre cuya borradura se levanta la institución.

Todo análisis siempre implica una reflexión acerca de las herramientas que se utilizan en el proceso analítico. Este es el carácter crítico que debe asumir la sociología, es decir, dilucidar las condiciones de posibilidad del conocimiento. Este proceso reflexivo es la operación analítica que toma como objeto al sujeto mismo que analiza. El investigador, es decir, aquel sujeto que ha sido socializado al interior de un campo disciplinar[10] vive en una ilusión. Lo que lo constituye como tal pasa por la distancia que el sujeto investigador establece con el objeto de investigación, con lo cual deja de lado la relación hermenéutica. Pero el investigador convive con el objeto investigado ya que este ha sido formado dentro de la misma relación social, por lo tanto el investigador está implicado en la ideología desde la cual construye o produce su objeto. Es por esto que el imperativo de la investigación es que el investigador esté obligado, en cada caso, a dilucidar las condiciones que han transformado al sujeto en investigador. Al ser la conducta del investigador el resultado de las relaciones sociales de producción de cierto campo, en este caso la sociología, el investigador debe develar cuál es la ideología que lo constituye y cuál es la escuela que habla a través de él. Justamente porque el sujeto investigador está producido por las condiciones de producción del campo es porque el sujeto debe dilucidar las condiciones de constitución de campo del cual él es un efecto, es decir “objetivar al sujeto objetivante”. Esta constante vigilancia respecto a las condiciones sociales de producción del análisis sociológico es lo que le da el rango crítico a la sociología, mostrar las condiciones de producción que permiten la objetividad.

La operación hermenéutica presupone un origen del sentido, un autor como padre. Usualmente, es inevitable que, a la hora de pensar en el origen de algo, no se pueda sino pensar en una presencia creadora. Toda la disposición critico- materialista[11] lo que descubre en ésta pregunta por el significado de un hecho, cuestión que nos lleva a preguntarnos por el contexto autoral, es la construcción retrospectiva que una presencia plena al comienzo solo puede tener referencia a un vacío, a un mero accidente. Esto es lo que ocultan los cuentos acerca del origen, es decir, que todo relato acerca de un origen para constituirse debe ser una estrategia eufemizadora que se las arregla para borrar, ocultar y, a consecuencia, olvidar que en el comienzo no hay otra cosa que contingencia. Para que un sujeto se constituya como tal, por ejemplo como sociólogo, tiene que erguirse sobre una borradura. En cada acto de institucionalización existe siempre un olvido estructural, el olvido de toda la historia a través de la cual el sujeto llegó a conquistar un lugar social. Toda escena es siempre un sucedáneo, una cadena de sustitución de una escena primaria que constituye al sujeto y que éste ha olvidado.

El discurso de una institución autoriza y reproduce autoridad, pero ¿cómo ocurre que un discurso llega a tener ese valor? Es esta institución de lectura dominante la cual se debe poner en cuestión. Es decir, preguntarse por el autor como creador de sentido es aludir a un origen entendido de forma metafísica. Es hacer referencia a una instancia sobre natural que crea desde la nada. El autor es lo que impide la pregunta sociológica por la creación de los creadores, por quién originó al original. Esta institución metafísica, que hace del autor el origen, es la que prima en todo campo intelectual, a la base de cualquier disciplina que se constituye con esta elaboración simbólica se encuentra el impedimento de buscar los procesos o dispositivos que hacen posible la institución, lo cual nos captura dentro de la misma y hace imposible el análisis sociológico. En la institución se colonizan las prácticas de habla, se disciplina y se normaliza a los sujetos que la integran, se extermina el pensamiento puro y se abre paso al pensamiento de una clase en particular, pensamiento que busca re-producir su ideología. La ideología reúne las narraciones referentes a los orígenes –jamás presenciados- que permite decir quienes somos, apuntan el punto de partida para asumir y afirmar la identidad individual y colectiva, cumple, entonces, una función conservadora, integradora y legitimadora de la propia identidad. Esta hace aparecer los intereses de un grupo determinado como intereses de una comunidad completa; no solo se afirma que somos, sino que además está bien que seamos así y que esta manera es la mejor entre todas las posibles de ser; finalmente, se consuma en la interpretación de todo hecho desde la perspectiva del grupo beneficiado por el orden existente, mostrando esa perspectiva como visión de la totalidad[12].

La sociología, entonces, debe analizar la institución[13], entendida ésta como el producto de la acción de instituir. Éste es un ejercicio crítico en contra de la institucionalidad que supone, por lo tanto, una distancia crítica, a consecuencia, cierta libertad en contra, de la institución misma que forma a la sociología. Teniendo presente que la manifestación de toda institución es el discurso y es por medio de esta objetivación por la cual la institución se valida, autoriza, produce, re-produce y forma saber; y , por lo tanto, es aquí donde hay que apuntar el análisis y la crítica. Se deben analizar las operaciones que el discurso realiza no en el sentido del contenido, aunque éste es un primer paso, sino que analizar su forma, la forma que permite al contenido, las operaciones que producen autoridad y, por lo tanto, monopolización del saber.

Es aquí donde oculta el “secreto” la institución discursiva que se arroga objetividad, es decir, que su existencia no depende del sujeto, su naturaleza es, a juicio propio, la imparcialidad. Una institución que se atribuye éstas características está queriendo decir que, al decir está diciendo la verdad tal cual es, sin ninguna influencia externa y, por lo tanto, al enunciar la verdad el que realiza el discurso es “la” verdad misma. Siguiendo a Foucault[14], la verdad es el conjunto de procedimientos reglamentados por la producción, la ley, la repartición, la puesta en circulación, y el funcionamiento de los enunciados. Los sistemas de poder son aquellos que producen el discurso de la verdad y a la vez la ostentan y por lo tanto se re-producen a si mismos en su lugar. Existen tres grandes sistemas de exclusión que afectan al discurso, estos son la palabra prohibida, la separación de la locura y la voluntad de verdad; siendo está última la dimensión más importante ya que las dos primeras se subordinan a ésta. Justamente es esta voluntad de verdad la que se adjudican las ciencias objetivas, ésta es la condición de posibilidad de la emergencia de una institución totalitaria donde el discurso permitido o validado invisibiliza las condiciones de dominio, haciendo creer que los distintos sujetos son libres y autónomos en su pensar, decir y crear; pero lo que realmente está haciendo es cancelar la deliberación y extirpar la verdadera diferencia y, con esto, preservar para sí el monopolio de un lenguaje particular. Al negar el pensar, el totalitarismo cercena las palabras, enmudece a los sujetos, provoca una ontologización lo cual conlleva a la naturalización o normalización de un estado y orden de las cosas. Según Habermas[15], el problema es la verdad en sentido pragmático, es decir no el problema filosófico de la verdad sino que la forma en que se expresan los enunciados racionales fundamentados desde preposiciones sin contradicciones. Lo cual nos deriva a la problemática de el surgimiento de una institución discursiva monopolizadora del saber, la cual controla, tecnificando un campo que debería ser multiparadigmático. A todo conocimiento técnico le subyace un interés de control y de dominación, la unidad de conocimiento e interés[16] o ideología se acredita en una dialéctica que reconstruye lo suprimido preguntándose por las huellas históricas de la escena de eufemización. Cuando se desmotiva la formación de debate, en la sociología, surgen tecnócratas que buscan controlar procesos; se utiliza, en términos Weberianos, una racionalidad instrumental cuyo conocimiento no es neutro y el cual está ligado a un interés político que le subyace, esta acción tiene como finalidad mantener el statu quo sometiendo todos los procesos a control. El sociólogo debe tener la llave que permita abrir ésta “Jaula de Hierro” en la cual nos apresa la tecnificación del campo, para hacer de la sociología una herramienta para la crítica y la discusión y no un dispositivo de dominación.

[1] Ver Heidegger, M. El ser y el tiempo, F.C.E., México 1974, pp.170-172.
[2] Ver Ricoeur, P. Hermenéutica y Psicoanálisis, pp. 4-6. Donde el autor califica a Marx, Nietzsche y Freud, como los “maestros de la sospecha” o “los que arrancan las máscaras”, este calificativo se lo otorgó ya que cada uno de estos filósofos, desde sus distintas perspectivas, ponen al descubierto la entrada en crisis del racionalismo moderno, al develar la insuficiencia de la noción de sujeto y mostrar un significado oculto de esta, se somete a crítica la noción tradicional de conciencia: Marx devela la ideología como falsa conciencia; Nietzsche desenmascara los falsos valores y Freud pone al descubierto los disfraces de las pulsiones inconscientes.
[3] Ver Marx, C. La ideología Alemana, p. 25.
[4] Ver Nietzsche, F. La genealogía de la moral, pp. 42-43.
[5] Ver Freud, S., El malestar en la cultura, p. 9.
[6] Ver Ricoeur, P. Del texto a la acción
[7] Ver Marx, C., Op. Cit., p.25.
[8] Ver Marx, C., El Capital, sección de La Acumulación Primitiva.
[9] Ver Marx, C., Manuscritos Económico-Filosóficos, Tercer Manuscrito.
[10] Ver Bourdieu, P. El oficio del sociólogo, pp. 11-25.
[11] Ver Foucault, M. Microfísica del poder, capítulo 1.
[12] Al respecto, ver en Perspectivas Éticas Nº14, CEDEA de la Universidad de Chile donde se analiza el texto de Ricoeur, P. Educación y Política, capítulo 5.
[13] Ver Op. Cit. pp. 79-94.
[14] Foucault, M. Microfísica del Poder, Ediciones de la Piqueta, Madrid, 1992. Pág. 189.
[15] Habermas, J., Ciencia y Técnica como Ideología.
[16] Op. Cit. pp. 179.